domingo, 22 de marzo de 2009

ADOPTAR AL INTERROGANTE

Una amiga, Patricia, nos envia este interesante articulo-reflexión


ADOPTAR AL INTERROGANTE


A algunas mujeres que quieren ser o que han sido madres les resulta difícil acercarse al discurso del apego y, más que al discurso, a la práctica misma de una relación de este tipo con sus bebés, con sus bebés pensados, deseados, nombrados o existentes ya, que ocuparon el regazo tras ser paridos o acogidos y finalmente adoptados pues como dice J. Lacan “Todos somos adoptados y pobre del que no lo sea”.

A otras mujeres que quieren ser o que han sido madres les resulta fácil o muy fácil deslizarse por los seductores caminos de una crianza en la que la mamá amorosa y el bebé establecen un vínculo único, imprescindible en las primeras etapas de la vida para el desarrollo humano y humanizante.

Me atrevo a decir que, a unas y a otras, a todas, nos asaltan una multitud de contradicciones, de dudas y de incertidumbres que giran en torno a una pregunta central: ¿soy buena madre?. Esta pregunta nos cuestiona desde dentro, en secreto y nos pone en guerra contra nosotras mismas y es por eso por lo que buscamos una respuesta afuera. Pero lo que viene al lugar de la respuesta desde fuera es tan imperativo como desconcertante porque los decires médicos, sociales, culturales e interculturales o ideológicos sobre quién es o no buena madre o cuál es el modelo de crianza ideal son infinitos, parciales, no se aúnan y por lo tanto no son.

Los arquetipos sobre la buena o mala forma de criar, tranquimazines de otros tiempos ya no nos sirven en esta época de células madre (o en la que las células son madres). Atravesamos un momento de desorientación ante la avalancha de debates abiertos, mercadillo global de ideologías. Para bien y para mal antes había una o dos fórmulas imperantes y las otras eran transgresiones pero unas y otras convivían, ocupando su propio espacio, a cielo abierto o clandestinas, en los foros o colándose por las rendijas. Para bien y para mal ahora cualquier propuesta tiene cabida en los mismos sitios; son multitudes que entrechocan y se colapsan, gozando de la misma plausibilidad una opción y su contraria. Ahora los médicos son o no creyentes de la lactancia materna, de la homeopatía o de la fibromialgia con lo que la misma ciencia orienta las investigaciones partiendo de la creencia previa, buscando evidencias a partir de lo creído.

Lo que sí se obtiene pues del contexto sociocultural en relación a la crianza son millares de modalidades de evaluación, diagnóstico y medición de todo tipo de alteraciones biopsicosociales del bebé, de la madre y del vínculo entre ambos así como millones de posibilidades de satisfacer las necesidades genuinas o previamente producidas desde el mismo contexto. Es como si todos estos elementos estuvieran en una coctelera formando una mezcla imposible, intragable que se da a beber indiscriminadamente, que tiene efectos narcolépticos para adormecer las conciencias. Desde afuera llega, a modo de tapón, la imposibilidad misma de que la pregunta pueda emerger.

La pregunta de las madres no tiene respuesta afuera porque cuando surge lo hace en el seno mismo de cada díada madre-bebé y es ahí y sólo ahí donde puede hacerse el intento de anudar algo, de ir esbozando pequeñas estrategias, apenas gestos que le den a una la impresión de que lo que hace por su hijo o por su hija cada día es lo mejor que ella puede hacer en sus circunstancias.

¿Y que hay del instinto? una cierva, una loba o una elefanta no se cuestiona sobre su maternidad del mismo modo que no se cuestiona sobre su forma de apareamiento porque estos y otros patrones comportamentales están fundamentalmente gobernados por el instinto. Para comprender y explicar cuestiones de crianza humana el símil con cualquier especie animal, incluidos los primates, nos sirve sólo hasta cierto punto del mismo modo que no podemos comprender los patrones del delfín a partir de la estereotipia de los leones. Los seres humanos, a través del lenguaje nos constituimos como sujetos y, a un tiempo, nos vinculamos con los demás; así, el instinto y la estereotipia quedan reducidos a su mínima expresión preponderando, a todos los efectos, la subjetividad de cada quien. Y ese cada quién es un cada quién auténtico que no puede verse a la luz miope de normalizaciones estadísticas donde la teta es cada tres horas y el tiempo medio de la toma de diez minutos, donde los bebés que duermen con sus padres según de que estudio se trate serán punto y medio más inteligentes o tardarán doscomatres meses más en controlar esfínteres, donde no tenemos un hijo o dos sino unosesentaycuatro y donde si medimos unocincuentayocho y pesamos sesenta kilos es que tenemos doce años y estamos gordas o bien, somos adultas bajitas pero gordas en todo caso.

Si no hay agarradero suficiente en la esterotipia biológica y, por otra parte, los gurús, científicos y cientificistas, ideólogos y demás hierbas proliferan tanto que realmente no existen ¿será verdad que estamos solas con nuestro singular e íntimo interrogante? Quizás esto es todo lo que tenemos, algo adentro que nos interroga como madres y nada más. Pues bien, sin apresurarnos a obtener respuestas para que no deje de sernos útil podemos quedarnos ahí; sin urgencia, con nuestro pequeño tesoro mamando, en el regazo, cogido de la mano, caminando cerca o dentro, incluso todavía en el mundo del porvenir o en el de los deseos... y así quizás encontremos algo de lo femenino que venga a auxiliarnos.

Podemos estrechar el círculo en torno a esa pregunta, anulando la rivalidad para entender los matices que nos diferencian a las unas de las otras y aprehender el hilo sutil que nos une a todas y tejer con él la urdimbre que nos puede hermanar a nosotras, con nuestros hombres y con nuestros hijos e hijas alrededor del interrogante y que sea lo que sea.



A todas las madres, sobretodo a la mía

Patricia