sábado, 1 de noviembre de 2008

¿Sirve de algo leer?

Esta mañana iba paseando con el enano y mi padre. Los he dejado unos diez minutos solos para entrar a comprar a una tienda, el enano se ha echado media cabezada y se ha despertado llorando muy desconsolado. Y al abuelo, que suele ser un bálsamo para él, le ha costado calmarlo.

Mi padre, bastante desconcertado por la reacción, me ha preguntado que por qué ocurría y le he dicho que creo que es la angustia de la separación. Que lleva así una temporada por las noches si no lo atiendo yo. Su respuesta ha sido “Jesús si hay que conocer matices!!!”

Y me ha llevado a preguntarme. ¿De verdad es importante saber qué le pasa?

Bueno, pues no tengo la respuesta. Pero de primeras he dicho que, en realidad, si no lo supiera actuaría igual. Estar con él, procurar no dejarlo solico, etc… Así que mi primera respuesta ha sido que si seguías tu instinto, en este caso, tu comportamiento iba a ayudarlo de la misma forma que si tuvieras la respuesta del libro.

Entonces, ¿De verdad no sirve de nada leer?

Pues no, exactamente. Sirve para calmarme. Quiero decir, saber que es una fase, que se pasa, que es evolutivo, hace que no me preocupe porque yo esté haciendo algo que se lo ocasione y que no me preocupe porque se pasará.

Hoy mismo estaba muy cansada y me hubiera apetecido que se fueran el papi y el a dar una vuelta y yo quedarme tumbadita. Pero, precisamente por saber esto, he decidido que mejor irme yo con él a dar la vuelta.

Pero esto también va en el carácter de cada uno. Siempre hay quien se lee el manual de instrucciones antes de poner en marcha el aparato y quien no lo hace. ;-)

Todo esto viene porque cuando yo me quedé embarazada devoraba libros de crianza, partos, etc… Incluso recuerdo momentos en los que se me acababan y me dedicaba a buscar alguno que aún no me hubiera comprado. Llegó un momento que dije “basta!” y recuperé las novelas policiacas o de viajes.

Sin embargo, si lo pienso, no sé como hubiera reaccionado mi instinto cuando Héctor nació si no hubiera leido. Héctor nació antes de lo que yo esperaba, en la semana 38, y con 2.540 gramos, lo justo para no ir a la incubadora.

Desde el primer día en el hospital confié en mi cuerpo gracias a la lectura de “Guía para la lactancia materna” de Carlos Gonzalez (fue una de las pocas cosas que me llevé al hospital) y me lo metí en la cama. Sólo perdió 80 gramos el primer día, el resto ya engordaba. En una semana ganó 400 gramos. Hoy en día sé que el éxito de esa lactancia, llendo tan justos de peso, fué por que estuvimos los dos piel con piel desde el primer momento.

Digo esto porque, si hubiera seguido los consejos o hubiera actuado por imitación, el niño habría ido a la cuna. De hecho, una anécdota de la estancia en el hospital es que, cuando llegó mi compañera de habitación se metió el bebé en la cama. Cuando le preguntaron que si también era de las “raras estas del parto natural” dijo: "no, yo he hecho lo que le he visto a hacer a ella (a mi)".

Así que, sí, vuelvo a pensar que es importante leer para saber qué está pasando y tener recursos. Pero, también, voy a dejar a mi instinto que salga, a ver qué opina él. ;-)